Conceptos

Preferencia temporal

Si te ofrezco $100.000 hoy o $100.000 dentro de un año, vas a elegir hoy. No porque seas impaciente, sino porque un peso hoy vale más que un peso mañana: podés usarlo, invertirlo, o simplemente tenerlo disponible. Esa preferencia natural por el presente sobre el futuro es lo que los economistas llaman preferencia temporal.

Toda persona tiene preferencia temporal. La pregunta es qué tan alta. Alguien con preferencia temporal baja está dispuesto a sacrificar consumo presente para obtener más en el futuro: ahorra, invierte, planifica. Alguien con preferencia temporal alta lo quiere todo ahora: gasta, se endeuda, no piensa en mañana.

Las civilizaciones prósperas se construyeron sobre preferencias temporales bajas. Un agricultor que guarda semillas para la próxima cosecha en vez de comérselas todas hoy. Un artesano que invierte meses en aprender un oficio. Un emprendedor que reinvierte sus ganancias en vez de gastarlas. Toda forma de progreso requiere sacrificar algo hoy para tener más mañana.

La inflación invierte la lógica

Ahora pensemos en Argentina. Si te ofrezco $100.000 hoy o $100.000 dentro de un año, la respuesta es obvia. Pero no por la preferencia temporal natural. Es porque dentro de un año esos $100.000 van a valer la mitad. O menos.

La inflación alta no solo hace que todo sea más caro. Hace que ahorrar sea irracional. ¿Para qué guardar pesos si mañana valen menos? Mejor gastarlos hoy. Mejor comprar cualquier cosa — un electrodoméstico, materiales de construcción, dólares — antes de que el peso pierda más valor.

La inflación convierte a toda una sociedad en adicta al presente. No por elección, sino por supervivencia.

La gente sistemáticamente subestima las necesidades futuras y sobreestima los medios futuros para satisfacerlas. Esta es la raíz del problema del consumo presente a costa del bienestar futuro.
Eugen von Böhm-Bawerk — Capital e interés, 1884

Las consecuencias de vivir en presente

Una sociedad con preferencia temporal artificialmente alta no invierte en el largo plazo. No construye infraestructura que dure décadas. No financia investigación que rinda frutos en veinte años. No planta árboles cuya sombra no va a disfrutar.

En Argentina, esto es visible en todos lados. Rutas que se destruyen en cinco años. Edificios que se construyen con los materiales más baratos posibles. Empresas que no invierten en maquinaria porque no saben si van a existir el año que viene. Trabajadores que no ahorran para la jubilación porque no existe instrumento en pesos que preserve el valor.

La inflación no solo destruye el poder adquisitivo. Destruye la capacidad de una sociedad de pensar más allá del mes que viene.

El círculo vicioso

Acá es donde la cosa se pone perversa. La inflación sube la preferencia temporal. La preferencia temporal alta reduce el ahorro. Menos ahorro significa menos inversión. Menos inversión significa menos producción. Menos producción significa menos bienes con la misma cantidad de pesos. Y eso es más inflación.

El ciclo se retroalimenta. La inflación genera las condiciones para más inflación. No solo por el lado monetario, sino por el lado del comportamiento humano. Cuando una sociedad deja de pensar en el largo plazo, las decisiones que toma — desde el voto hasta el consumo — tienden a empeorar las cosas.